Ahora mismo parte de mi magia reside en ese aspecto de gato
con el que Zhag me ha camuflado y disfrazado. Naranja y atento. De ojos grises. Extraña y curiosa manera de verme que causa impacto en mi existencia. Gracias a Zhag.
Nunca lo he contado, a nadie, pero me sorprendió su aspecto
de “duro” tras esa sonrisa que cautiva. Esas manos tan suaves. Las ganas escondidas debajo de los gritos de los poetas sucios. Esas palabras se me clavaban como pellizcos al percatarme, entre la oscuridad y los gritos, de esa casualidad que, sin querer, tanto nos unió.
Me sorprendió encontrarme con él, de cara, en esa cola tan pegajosa cuando justo cinco minutos antes nos aviamos repartido los respectivos besos de cordialidad, sin darnos cuenta de quien éramos en realidad. Al reaccionar, y tras compartir cuatro palabras antes del “creo que nos conocemos”, la emoción provocó el abrazo después de ese “¿Mar?” (¿Eres tú?, lo sabía). Haciendo real esa probabilidad. Ser nuestros. El abrazo fue sudoroso en medio de un eterno río de gente que esperaba, como nosotros. Que nos hizo apretujarnos más y dejar de respirar durante unos segundos que para mí fueron tiernos e inolvidables. Como esa espalda y las arrugas de su risa, como su tacto de agua y su mano atrapando la mía en el instante perfecto. Provocando que el destino y la conciencia volvería a separarlas en largas carreras de vuelta a casa, haciendo la separación más dolorosa que la unión. Mucho más.