Ahora mismo parte de mi magia reside en ese aspecto de gato
con el que Zhag me ha camuflado y disfrazado. Naranja y atento. De ojos grises. Extraña y curiosa manera de verme que causa impacto en mi existencia. Gracias a Zhag.
Nunca lo he contado, a nadie, pero me sorprendió su aspecto
de “duro” tras esa sonrisa que cautiva. Esas manos tan suaves. Las ganas escondidas debajo de los gritos de los poetas sucios. Esas palabras se me clavaban como pellizcos al percatarme, entre la oscuridad y los gritos, de esa casualidad que, sin querer, tanto nos unió.
Me sorprendió encontrarme con él, de cara, en esa cola tan pegajosa cuando justo cinco minutos antes nos aviamos repartido los respectivos besos de cordialidad, sin darnos cuenta de quien éramos en realidad. Al reaccionar, y tras compartir cuatro palabras antes del “creo que nos conocemos”, la emoción provocó el abrazo después de ese “¿Mar?” (¿Eres tú?, lo sabía). Haciendo real esa probabilidad. Ser nuestros. El abrazo fue sudoroso en medio de un eterno río de gente que esperaba, como nosotros. Que nos hizo apretujarnos más y dejar de respirar durante unos segundos que para mí fueron tiernos e inolvidables. Como esa espalda y las arrugas de su risa, como su tacto de agua y su mano atrapando la mía en el instante perfecto. Provocando que el destino y la conciencia volvería a separarlas en largas carreras de vuelta a casa, haciendo la separación más dolorosa que la unión. Mucho más.
servido por mar
sin comentarios
compártelo
El cielo, ahora, te queda tan lejos…y no es que lo hayas
perdido todo, es que te has pedido a ti misma, y eso es pero que dejarse vencer. Y te has quedado a oscuras.
Ya no te sirve el “todo depende de ti”. Ya no, aun que lo sigues repitiendo a todo aquel que se siente caer. Pero tú ya no te lo crees. No te crees a ti misma y inevitablemente eso te impide creer en nada más.
Tienes la extraña sensación de que necesitas un cambio radical y de que ese cambio eres tú o que forma parte de ti. Muchas veces antes lo has notado. Has notado que no podías más, aunque cada vez la sientas distinta, él tiene razón, siempre es lo mismo. Y te sientes en un círculo, te sientes condenada a caer cada “x” tiempo. O más bien, te sientes condenada a no saber salir, porque crees que lo intentas pero cuando llega ese momento te dejas caer. Sin más. Sin a penas dejar de respirar. Hasta que llegas y chocas contra el suelo y te pasas unas semanas rebotando hasta que la inercia no te lleva otra vez hacia arriba. Dicen que cuando tocas fondo ahora solo te queda subir, pero tienes ese cosquilleo en los pies, de vértigo, que no te deja dar cuenta de que ya has llegado al final. Como cuando sales de una atracción y notas que sigues rodando. Ahora es igual, notas que sigues cayendo, pero ya has caído exhausta al suelo. Te lo dicen tus ojos en el espejo pero nunca has sabido leer tu reflejo en ellos. Te lo indican tus manos cuando te acaricias para saber si aún sigues viva, y las suyas. Sus manos te leen cada arruga y te lo dicen, sus ojos te gritan que pares ya. Basta.
Pero no pararás hasta que te lo supliques, hasta que te arrodilles a los pies de la cama y abras la boca, sin gritar aún. Hasta que se te escape ese grito ahogado, como a Colometa, que deje volar otra época de tu vida. Que la eche lejos, tan lejos que tan solo aparezca en los pocos días de lluvia que se mezclan con la melancolía.
Porque has olvidado que a ti la lluvia te hace más fuerte y ahora no llueve. Por eso no dejas de caer parada en el mismo sitio donde nadie te vio estremecer.
Pero un día empieza a llover y no termina hasta el día siguiente, a media tarde. Y sin darte cuenta te quedarás vacía, como si te hubieras perdido en la rambla más grande entre los ríos de gente. Y entonces sin motivo y tontamente te creerás feliz. Pero todos saben que volverás a caer. Incluso tú.
servido por mar
3 comentarios
compártelo